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En memoria de Carlos Montemayor El aeda en La Habana

June 18, 2015

Artículo de la "Revista de la Universidad de México"

 

 

Que las nuevas generaciones sepan de primera mano de la existencia de un hombre cuya obra, acción y herencia son un bien para la cultura mexicana fue la motivación que hizo nacer el libro El canto del aeda. Testimonio de Carlos Montemayor, donde Pablo Espinosa narra las vivencias del autor chihuahuense (1947-2010) en sus distintos terrenos, con énfasis en su trabajo como músico.

 

Este es otro sábado. También es marzo. 1994. Estamos en La Habana. El maestro Carlos Montemayor forma parte del jurado del Premio Casa de las Américas, que constituye un hito en la historia de la cultura latinoamericana: durante medio siglo ha congregado, concitado y documentado el germen de la gran literatura nuestra.

 

Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, José Lezama Lima..., la gran literatura nuestra ha nacido, transitado, anidado en la isla cubana, como motor y vigía de ese certamen literario.

 

En el trajín de las deliberaciones se suceden distintos episodios. De manera sorpresiva, por ejemplo, Gabriel García Márquez pasa a saludar, sin aspavientos. Sonríe, al igual que Carlos. La plática es una delicia: música, por supuesto; literatura, sin duda. La vida, para contarla. Para cantarla.

 

Dos semanas de deliberaciones, encuentros informales, charlas intensas, lecturas de poesía. La hermosa vida fluye.

 

La noche del sábado, el comandante Fidel Castro ofrece una recepción a todos los escritores participantes en la emisión de este año del Premio Casa de las Américas.

 

Una fila de mujeres para saludarlo, luego otra de hombres.

 

El comandante luce su traje verde oscuro, recién planchado, con olor a lavanda. Las primeras canas tornan grises sus amplias barbas y el contraste cromático atrae más damas. Eso no es besamanos, es un besabarbas, bromeamos Carlos y yo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carlos Montemayor
© Archivo UNAM

 

 

En mi turno, formulo preguntas al comandante. Dos meses antes, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional había declarado la guerra al gobierno mexicano. Fidel Castro esgrime su tradicional maestría y convierte las preguntas en preguntas: ametralla con interrogantes bien precisas sobre el tema.

 

Que cómo son los zapatos que usan los zapatistas, de qué calidad la tela, cómo distribuyen sus brigadas, qué características exhiben sus armas, cuántas, cómo. La precisión de la pregunta obliga a replegarse. El contraataque resultará contundente. Le digo: Comandante, sus preguntas tendrán respuesta de inmediato, está entre nosotros un escritor experto en guerra de guerrillas. Es un poeta.

 

—Carlos: Fidel Castro tiene unas preguntas bien interesantes sobre los neozapatistas. Le hablé de ti, le prometí que regresaría contigo a responderle todo.

 

Carlos me mira con esa dulce malicia que conducía siempre a aventuras nuevas. Me tomó del hombro y dijo: Acertaste. Llévame con el Comandante.

 

Mojito, whisky, harta saliva. De pie, los tres nos vimos rodeados durante horas por personas fascinadas frente a la dialéctica socrática de dos maestros del don de la palabra, la estrategia intelectual, el asombro del mundo.

Los ojos brillantes de Fidel Castro se humedecen cuando Carlos Montemayor le dice: Comandante: los zapatos de la mayoría de los zapatistas son de piel humana: van descalzos; sus rifles son de palo; los paliacates cubren una parte de su rostro e incendian su mirada.

 

—Comandante, si alguien sabe de guerrilla aquí, es usted —le dice Carlos—. Sus preguntas son las exactas: nos llevan a puntos que de otra manera quedarían ciegos.

 

—Nooo, chico, la estrategia siempre depende de condiciones y variables. Sí es cierto que los indicios pueden orientarnos, pero debemos tener en claro el objetivo final. Ese es el meollo.

 

El tema de la guerrilla se extendió y dio su paso a la literatura. El punto de inflexión lo determinó Carlos:

—Comandante, la historia de la antigua Roma, la Grecia de Homero, son tratados enteros de estrategia militar. La literatura clásica, los autores grecolatinos no sólo sirven para ensayos llenos de pies de página, citas y formatos académicos. Lo que hicieron los cronistas ágrafos como Homero no fue sino poner la vida en literatura. La intensidad de la vida. La literatura. La realidad. El fluir. Eso nos da la literatura, Comandante.

Fidel no cabía en su uniforme del orgullo de tener en Cuba un hogar tan lindo (así dijo: lindo) como Casa de las Américas para nuestra mejor literatura.

 

El momento culminante fue el de la poesía: Fidel cita a Martí mientras Carlos recita a Esquilo; Castro pone en sonido versos de Neruda mientras Montemayor enuncia las sílabas hirsutas de Ezra Pound.

Pasaron las horas. Nadie las contó. Cantaron solas.

 

Esas reuniones con Fidel Castro, me cuentan, solían durar hasta el amanecer. Ni Carlos ni yo supimos nunca luego calcular el tiempo que duró esa plática. Fue el fluir. Se esfumaron los vectores espacio-tiempo. Fue solamente el fluir.

 

La única manera de medir la eternidad que sostuvieron entre sus pechos en el momento en que Carlos Montemayor y Fidel Castro se despidieron al amanecer con un abrazo es la suma de las edades de Homero, Esquilo, Quinto Horacio Flaco, la gran poeta Safo, Píndaro, Catulo, Virgilio y de todos los cantantes de bolero, ópera, son montuno y guagancó, y de todos los zapatistas en Chiapas y todos los héroes de la historia, todos los libertadores.

 

Todos los músicos y todos los escritores y todos los hombres de bien que acudieron, en metáforas, citas, glosas, canto, en medio del centelleo de las miradas de Fidel Castro y Carlos Montemayor durante ese intenso amanecer en La Habana.

 

Carlos recitando en griego antiguo, en latín, en italiano. Fidel mesándose la barba gris, levantando al cielo sus pobladas cejas y como Zeus remataba cada final de estrofa con un sonoro: ¡ooooyeeee, chicoooo, qué hermosa música la que traes en los poemas!

 

Experto también en el tema del whisky, Carlos reía cada vez que veía en mis manos el mojito que prefería a su whisky, que provenía de la botella que hicieron llegar sobre una charola porque es el whisky de consumo personal del Comandante, quien como gesto de gladiador cedió el trofeo al maestro: mira, chico, disfruta esta botella en casa, cuando quieras.

 

Y nos fuimos del salón, al alba, felices con la botella, flotando sobre el eco y el rumor del alud de versos, las cataratas de poemas, el mar de literatura que había inundado la plática con el comandante. La alegría de convertir la guerra en paz, de contar la historia de la humanidad en guerra y versos. En lucha social y sabiduría. En anhelo.

 

Habríamos de revivir toda esa velada semanas después, en su casa de retorno a México, cuando nos bebimos fascinados la botella importada de La Habana, de manos de Fidel; whisky artesanal bañando un suculento corte de carne, esa otra especialidad de mi maestro.

 

*  *  *

Pero antes del retorno sucedieron muchas otras gestas en La Habana.

 

En el restaurante del hotel todo es algarabía. Bajo la música de cucharas, tenedores, el hablar cadencioso de los lugareños, saboreamos la carne de puerco, el arroz blanco con frijoles negros, las sencillas exquisiteces de la dieta cubana.

 

A un lado, bajo una de las paredes de cristal, un viejo piano vertical llamaba la atención de Carlos. Cada bocado era voltear al piano. Como si no resistiera más la idea de saltar como tigre hacia el teclado.

 

De repente, apareció una dama enfundada en un largo vestido de noche que enmarcaba gloriosamente su excéntrico atractivo: parecía escapada de Tres tristes tigres en alguno de sus pasajes joyceanos: las noches de La Habana sucediendo en tropel a plena luz del día. O de la tarde: era alrededor de las 15:00 horas.

 

El alrededor enfocó la precisión, porque fue esa la cantidad, “alrededor”, de minutos que ocupó la dama de negro en pavonear su presencia, saludar, hacer caravanas y como hacen los gatos antes de echarse sobre el piso a disfrutar sus siete vidas, dio varias vueltas, giró alrededor de las mesas (redondas, por cierto) que estaban más cerca del piano vertical. Y se sentó ante las teclas.

 

Eso ameritaba un mojito. Ernesto Lecuona, María Grever, viejos montunos, boleros (eso, boleros, ella tocaba boleros, como paráfrasis del capítulo de Cabrera Infante: Ella cantaba boleros), valses, exquisitos y burbujeantes valses, rotundas músicas nocturnas despertando a media tarde.

 

Momento Lecuona: lanzó una broma a Carlos: escucha, Gustav Mahler en pleno trópico, un tema de la Séptima Sinfonía de Mahler, la Nachtmusik, la rotunda música nocturna mahleriana sonando a plena luz del día, tocada por una dama de negro al piano. Carlos reía. Sonaba Siboney, de Ernesto Lecuona, cuyo primer tema de la Nachtmusiksuena irresistiblemente parecida al tema principal de Siboney.

 

—Sólo a ti se te ocurre.

Ríe Carlos, pero en realidad está concentrado en las notas negras y blancas que descrucifica del teclado la dama de negro, sonrisa blanca.

 

Y de repente, nuevamente, el tiempo se detuvo: Carlos bajó la mirada. La clavó en el plato. No veía el arroz blanco junto a los frijoles negros y la carne de puerco en su plato. Veía la partitura en su memoria. Tallereaba. Seguía con la mente —cerró los ojos— la partitura: sonaba la parte del piano pero algo faltaba.

 

De manera que todo comenzó como un cuasi murmullo, una mezzo voce, en tanto levantaba la mirada, el rostro al techo, aumentaba el volumen. Lo que fue susurro terminó en notas agudas, canto a pulmón abierto.

Las notas susurradas primero rebotaron sobre el plato, se revolvieron con los moros y cristianos, que así se llama ese platillo cubano.

 

Las siguientes estrofas rebotaron contra las paredes de cristal del salón-comedor. Y Carlos terminó parado junto a la dama de negro que sonreía desnudando damas nacidas del teclado, vestales que despertaban apenas a las tres y pico de la tarde, porque Carlos Montemayor las convocaba con su canto.

El restaurante se convirtió, en un abrir y cerrar de ojos, en un guiñar un ojo y abrir más el oído, en una virtual sala de conciertos.

 

A Siboney le siguió una canción napolitana. Su manera de entenderse con la dama de negro resultaba asombrosa si se miraba por fuera pero lógica si se observaba por dentro: ambos son músicos. Un músico siempre sabe el camino. Y sabe caminar junto a otro músico. El largo camino hacia la luz.

 

*  *  *

Aplausos, vítores, sorpresa.

 

Nunca dejaba de sorprenderse la gente cuando escuchaban cantar a Carlos. Es más, pocos sabían que había grabado ya un disco. Fue hasta el segundo cidí cuando la difusión de su obra se anudó a su imagen: Carlos Montemayor no sólo es escritor. Es músico.

 

De la sesión espontánea en el restaurante del hotel en La Habana surgió un concierto formal: uno de los comensales se entusiasmó tanto que buscó los amarres para lograr un concierto en forma. De manera que dos noches después Carlos se presentó en la sede de la Orquesta Sinfónica de Cuba, acompañado por el pianista Juan Espinoza.

 

Espontáneo. Todo ocurrió así, de manera sencilla y espontánea. Sin aspavientos. La sencillez del músico, del maestro, no conocía límites.

 

Años después de ese episodio habanero, en el sur de la Ciudad de México, una tarde de abril, Carlos Montemayor sacó de la bolsa de su guayabera blanca un cidí: la pista orquestal de arias de ópera y canciones napolitanas.

 

Eran las cuatro de la tarde, había sol y verde y felicidad en el jardín. Festejo de cumpleaños, medio siglo de edad y Carlos brinda al festejado un regalo de cumpleaños jamás soñado: un recital de ópera espontáneo. Solamente era cuestión de indicarle al operador del equipo de sonido que animaba la fiesta, una multitud feliz, que pusiera a hacer sonar el cidí, que él, el tenor Carlos Montemayor, se ocuparía de lo demás.

 

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Fragmento de El canto del aeda. Testimonio de Carlos Montemayor, de Pablo Espinosa, reproducido con autorización de su sello editor, la Universidad Autónoma de Nuevo León. El libro se presentará el domingo 21 de junio próximo en el Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México.

 

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